El "nunca más", la presencia del cuervo, -me
refiero al mensaje del poema homónimo de Edgar Allan
Poe- lo relaciono con la búsqueda permanente de la certeza,
la verdad y la certidumbre que aspiramos alcanzar.
El cuervo me picoteaba cuando buscaba el sentido de la existencia,
el propósito, la razón de ser y el porqué
de la vida. El porqué y para qué estoy aquí.
El porqué y para qué he nacido...
De ahí que cuando leí: "Hasta cuándo
este valle de lágrimas / a donde yo nunca dije que me
trajeran", de César Vallejo, me sentí acompañada;
como cuando compartí con una gran amiga por vez primera,
recién hacia los 18 años, la interrogante: ¿para
qué hemos nacido?...
También se perfilaba cuando
leía "Lo fatal" de Rubén Darío:
"Dichoso el árbol
que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
que no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente"
Sin embargo, tenía esperanza. De allí
que escribiera Espera, que publique en “El Comercio”
en 1954. el cuervo ha seguido picoteándome aún después
de llegar a la madurez... porque lo que quería era paz, aunque
a veces me decía a mi mismo que la paz vendría con
la muerte.
Entretanto he continuado trabajando, motivando
a mi alrededor, empujando hacia nuevas actitudes, descubriendo competencias,
desarrollando talentos, desovillando potenciales, habilidades y
destrezas; impulsando actitudes de líder -que tanto requiere
nuestra realidad-, pero de líder integral y honesto. Y de
cuando en cuando, seguía escribiendo.
Hoy, el cuervo, no ha desaparecido, pero su picotazo
se ha ido convirtiendo en un canto al principio lejano que se vigoriza,
como un canto de esperanza.
El canto de la Sirena
Por fortuna desde niño empecé a escuchar
el canto de la Sirena. Me refiero sólo al canto que encanta,
no al canto engañoso. Los preludios fueron los colores
del amanecer y del crepúsculo en el campo. Cómo
no iba a influir en el alma de un niño, la afirmación
de su padre dirigiéndose a su madre:
“Este es el crepúsculo más
bello en lo que va del verano”
A lo que mi madre respondió:
“La semana pasada tuvimos uno tan bello
como este”-. Mi madre decía que los ángeles
sostenían las estrellas y que pintaban los crepúsculos.
El canto lo escuché en la belleza de las flores. Un día
mi padre le hizo una pregunta comprometedora a mi madre:
Si un día cortas una hermosa flor
a una planta que luce bellas rosas y luego adviertes que la
planta está llorando, ¿qué haces?
Mi madre le contestó:
La falta es irremediable. Entonces le pido
perdón y me arrodillo y lloro con ella.
Escuché el canto de la Sirena en las canciones que mi madre
entonaba acompañándose con la guitarra y que mi padre
apreciaba mucho. Lo escuche en los poemas “Tristitia”
de Abraham Valdelomar, por ejmplo, o en “If”, de Rudyard
Kipling, que mi padre leía a mi madre y que comentaban luego.
Recuerdo “El Vuelo de los Cóndores”, de Abraham
Valdelomar, uno de los cuentos que me hizo impacto. Un poco más
tarde leímos, “Un viaje”, de Felipe Pardo y Aliaga
y nos reímos mucho.
Después, yo seguí escuchando el
canto de la belleza, por ejemplo, cuando leí “El hombre
mediocre” de José Ingenieros. Me impresionó
especialmente su concepto del ideal que “es un gesto del espiritu
hacia alguna imperfección”.
Ingresar al reino de la música clásica fue un motivo
para escuchar vivamente ese canto. Me fue más o menos fácil
entrar en Francisco Pérez Anampa, un excelente profesor,
con quien ligarnos a interpretar pequeñas obras de Bach o
de Mozart, entre otras.
He escuchado muy fuerte el canto de la belleza
en los poemas de César Vallejo, Octavio Paz, José
María Eguren, Martín Adán, Thomas Stearns Eliot,
Paul Eluard, Antonio Machado. En algunos monólogos, como
el de Segismundo, de “La vida es sueño”, el de
Hamlet: “To be or not to be, that is the question”.
También en la obra de Manuel Gonzáles Prada, José
Carlos mariátegui, Francisco García Calderón,
Jorge Basadre, en las novelas de Ciro Alegría, Mario Vargas
Llosa y las de James Joyce, Marcel Proust,
AGESAN.
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