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Lunes, 17 de abril del 2009
El Picotazo del Cuervo y en Canto de la Sirena

El Picotazo del Cuervo:

El "nunca más", la presencia del cuervo, -me refiero al mensaje del poema homónimo de Edgar Allan Poe- lo relaciono con la búsqueda permanente de la certeza, la verdad y la certidumbre que aspiramos alcanzar.

El cuervo me picoteaba cuando buscaba el sentido de la existencia, el propósito, la razón de ser y el porqué de la vida. El porqué y para qué estoy aquí. El porqué y para qué he nacido...

De ahí que cuando leí: "Hasta cuándo este valle de lágrimas / a donde yo nunca dije que me trajeran", de César Vallejo, me sentí acompañada; como cuando compartí con una gran amiga por vez primera, recién hacia los 18 años, la interrogante: ¿para qué hemos nacido?...

También se perfilaba cuando leía "Lo fatal" de Rubén Darío:
"Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
que no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente"
Sin embargo, tenía esperanza. De allí que escribiera Espera, que publique en “El Comercio” en 1954. el cuervo ha seguido picoteándome aún después de llegar a la madurez... porque lo que quería era paz, aunque a veces me decía a mi mismo que la paz vendría con la muerte.

Entretanto he continuado trabajando, motivando a mi alrededor, empujando hacia nuevas actitudes, descubriendo competencias, desarrollando talentos, desovillando potenciales, habilidades y destrezas; impulsando actitudes de líder -que tanto requiere nuestra realidad-, pero de líder integral y honesto. Y de cuando en cuando, seguía escribiendo.

Hoy, el cuervo, no ha desaparecido, pero su picotazo se ha ido convirtiendo en un canto al principio lejano que se vigoriza, como un canto de esperanza.

 

El canto de la Sirena

Por fortuna desde niño empecé a escuchar el canto de la Sirena. Me refiero sólo al canto que encanta, no al canto engañoso. Los preludios fueron los colores del amanecer y del crepúsculo en el campo. Cómo no iba a influir en el alma de un niño, la afirmación de su padre dirigiéndose a su madre:

  • “Este es el crepúsculo más bello en lo que va del verano”
    A lo que mi madre respondió:
  • “La semana pasada tuvimos uno tan bello como este”-. Mi madre decía que los ángeles sostenían las estrellas y que pintaban los crepúsculos.

El canto lo escuché en la belleza de las flores. Un día mi padre le hizo una pregunta comprometedora a mi madre:

  • Si un día cortas una hermosa flor a una planta que luce bellas rosas y luego adviertes que la planta está llorando, ¿qué haces?
    Mi madre le contestó:
  • La falta es irremediable. Entonces le pido perdón y me arrodillo y lloro con ella.

Escuché el canto de la Sirena en las canciones que mi madre entonaba acompañándose con la guitarra y que mi padre apreciaba mucho. Lo escuche en los poemas “Tristitia” de Abraham Valdelomar, por ejmplo, o en “If”, de Rudyard Kipling, que mi padre leía a mi madre y que comentaban luego. Recuerdo “El Vuelo de los Cóndores”, de Abraham Valdelomar, uno de los cuentos que me hizo impacto. Un poco más tarde leímos, “Un viaje”, de Felipe Pardo y Aliaga y nos reímos mucho.

Después, yo seguí escuchando el canto de la belleza, por ejemplo, cuando leí “El hombre mediocre” de José Ingenieros. Me impresionó especialmente su concepto del ideal que “es un gesto del espiritu hacia alguna imperfección”.
Ingresar al reino de la música clásica fue un motivo para escuchar vivamente ese canto. Me fue más o menos fácil entrar en Francisco Pérez Anampa, un excelente profesor, con quien ligarnos a interpretar pequeñas obras de Bach o de Mozart, entre otras.

He escuchado muy fuerte el canto de la belleza en los poemas de César Vallejo, Octavio Paz, José María Eguren, Martín Adán, Thomas Stearns Eliot, Paul Eluard, Antonio Machado. En algunos monólogos, como el de Segismundo, de “La vida es sueño”, el de Hamlet: “To be or not to be, that is the question”. También en la obra de Manuel Gonzáles Prada, José Carlos mariátegui, Francisco García Calderón, Jorge Basadre, en las novelas de Ciro Alegría, Mario Vargas Llosa y las de James Joyce, Marcel Proust,

 
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